GRANDES MAESTROS DE LA ESCUELA PREPARATORIA:
DON ALFONSO TORRES LEMUS.

Nació en la ciudad de Celaya Guanajuato, el 1 de abril de 1923. Su padre fue don Pablo Torres Caballero quien primero
fue comerciante y luego contador o como se llamaba en aquel entonces “Tenedor de Libros”. Su madre fue doña
Guadalupe Lemus López, los dos eran de Michoacán. Tuvo 4 hermanos varones y una hermana.A los trece años, en
1936, viajó a la ciudad de México para entrar al Seminario Conciliar de México en Tlalpan. Para entonces ya había
terminado los estudios de primaria, pero sin certificado pues la educación socialista del gobierno Cardenista lo dejó sin
certificado.En la ciudad de México estudió en el Seminario: Latín, durante 4 años, Filosofía por 3 años y uno de
Teología.Siempre quiso ser sacerdote, pero el Sr. Anaya, quien más tarde llegaría a ser Arzobispo de Guadalajara, le pidió
que se retirará del seminario, le dijo: “Tú no sirves para esto”.

En 1949 entró a dar clases primero, en el instituto Anglo Español y luego en el Cristóbal Colón en la calle de Sadi Carnot
en la colonia San Rafael, el 7 de febrero de 1949, pues el calendario escolar empezaba en febrero. El profesor Poncelis lo
presentó con el Hermano Don Manuel Álvarez quien le dio un solo grupo. De ganar 6 pesos por día en un despacho,
empezó a ganar 6 pesos por clases. Para entonces ya vivía en la Colonia Clavería.Por aquellos años recuerda al Hermano
Pierre Lyonet quien era director general del Cristóbal Colón, a Don Rafael Martínez Cervantes quien era director de la
primaria y al Hermano Ohannes Bulbulian Garabedian quien ya daba clases en la Normal.


En febrero de 1962 se fundó la Universidad La Salle en Benjamín Flanklín. Los hermanos todavía vivieron en Sadi Carnot
por un tiempo, luego ocuparon el tercer piso del edificio de la Preparatoria y posteriormente, en los dos últimos pisos
de la Torre administrativa. Recuerda también que la primera profesora mujer fue la profesora de Historia Cristina
Barroso, quien a su vez contaba que el Hermano Manuel Álvarez le puso muchos condiciones para que entrara.


Don Alfonso Torres Lemus fue maestro de grandes personajes de la política, de los deportes y
de las artes.
Comenta que no le dio clases al expresidente De la Madrid, pues ese año no le dio Latín a quienes iban a estudiar
Derecho. En cambio sí le dio clases a diversos exfuncionarios y secretarios de estados, con Tello, Sepúlveda o a
personajes como el hijo de María felix: Enrique Álvarez Félix, a quien recuerda que molestaban mucho por ser su madre
un personaje público. Recuerda también haber dado clases al hijo de Pedro Vargas, quien resultó muy latoso.

18 libretas de 200 hojas cada una, forman su diario, más bien apuntes de salidas, y gastos, una especie de “corte de caja
diario”, que hoy le sirven para recordar lo que hizo durante la semana.Sin familia sin “punto de apoyo” tuvo que trabajar
para mantenerse, durante 15 años vivió en un cuarto que una señora muy amable le rentaba.Cuando murió su papá, su
hermana le pidió que la aceptara, para venir a vivir con él. Para entonces ya tenía su departamento. Vivió con su
hermana desde 1960 hasta el año 2000, en que murió. Ésta hermana tuvo un novio por unos 15 años pero nunca se
casó. Luego una prima también vivió con ellos, también murió y finalmente se quedó sólo. Tiene sobrinos en Ensenada,
en Zamora y otros en Xochimilco, incluso con nietos. Se considera antisocial, antisociable.Tuvo aficiones que explotó
ampliamente como la natación y el frontón. Jugó frontón especialmente entre los años 1978 y 1985, además apostaba.
Pero antes de ello fue nadador, le encantaba nadar todos los domingos en “Las Ternas” y “El Olímpico” balnearios por la
salida a Puebla. Viajó mucho por las playas del pacífico, Acapulco y Veracruz, además viajó a los Estados Unidos unas 14
veces, siempre en coche. Le hubiera gustado estudiar Ingeniería, todo lo que fuera matemáticas. También la Química y
la Astronomía. En clases, cuando explicaba la etimología de una palabra terminaba explicando muchas otras cosas. Para
ello le sirvió mucho haber leído completo "El Tesoro de la Juventud", lectura que había hecho por afición, por puro
gusto; ahí aprendió muchas cosas. Además leyó muchas novelas como “Quo Vadis” o “Ben Hur”, pero su autor
preferido fue siempre Julio Verne. Habrá leído unos diez o doce libros de Julio Verne pues le atraía mucho el aspecto
científico que el autor desarrollaba en sus escritos.

Nunca le interesaron los mitos pues eran puras mentiras “Puras mentiras, no vale la pena aprender mentiras, no vale la
pena ocupar la memoria con mentiras, por eso no se metía con mitos”Últimamente ha encontrado en la televisión
buenos programas de los que aprende muchas “verdades prácticas y no mentiras”, en programas como Discovery o
History
Channel.

En la preparatoria fue compañero de profesores como Don Samuel Vargas Montoya, colombiano y de Sergio Howland
Bustamante, maestro de Literatura. “El que vive como soltero vive como rey y muere como perro”. Siempre le gustó
enseñar, siempre supo que a sólo 10 alumnos en un promedio de 50 por salón, les interesa. Sólo diez ponen atención,
pero ellos lo compensan todo.“Enseñar es un placer, que da satisfacción, sobre todo cuando logra satisfacer la
curiosidad de un hombre o niño”. Recuerda cómo en una ocasión se le acercó un alumno y le preguntó cómo se podía
medir la velocidad de la luz. Le parece que resulta un placer saciar la curiosidad de cualquier alumno que se acerca y
pregunta y tiene una verdadera curiosidad, un verdadero afán de saber. En clase desarrollaba temas de filosofía y
teología que no se enseñan en otras materias, que no están incluidas en los programas pero que suelen ser interesantes
para los alumnos. Tenía una larga lista de temas que planteaba a los alumnos para que ellos decidieran cuál desarrollar.
Por ejemplo: “Los animales no sufren”, “Qué hay después de la muerte”, “Suerte o destino no existen”. Dice que no
pasará más allá de cinco años. Por la edad que tiene calcula que le quedan alrededor de cinco años de vida. Ante la
pregunta directa de si está satisfecho de la vida que ha llevado, dice “que nadie puede decir que ya cumplió con su
misión, nadie puede decir: ya estoy satisfecho”. Le gustaría estudiar por diversión, por el sólo gusto de saber: electrónica
y computación. Considera que el Internet pronto resolverá todas las dudas. Bastará poner en una computadora la
pregunta, -son “las dudas convertidas a números”-, y la tecnología les dará las respuestas, ya no habrá necesidad de
libros ni de bibliotecas.Ya no le interesa viajar, pues muy pronto lo verá todo. “Ver a Dios es ver el original, viendo el
Todo no se perderá de nada, conocerá todo y entenderá todo, eso es Dios, pues es la causa ejemplar de todas las cosas”.

Don Alfonso Torres Lemus falleció, en la ciudad de Cuernavaca Morelos, en mayo de 2009.

Alfonso Torres Lemus (1923-2009) In Memoriam
Alejandro Velázquez Elizalde
avelazqueze@yahoo.com

Es con gran tristeza que todos aquellos que tomamos clase con el profesor Alfonso Torres Lemus recibimos la noticia de
su fallecimiento. Hemos perdido no sólo a un gran maestro y
docente (el que sabe más y el que enseña, como él
hubiera precisado), sino a un hombre culto en toda la extensión de la palabra —aquél que jerarquiza los valores y vive
de acuerdo a ellos, idem dixit.

De mi maestro de latín en la preparatoria puedo recordar muchas cosas. Siempre quedé asombrado por su gran
erudición, pero aún más, por su todavía mayor humildad. Viene a mi memoria una pregunta que varios de mis
compañeros le hacían: “Profesor, ¿usted habla latín?”. Y él, con una sonrisa enigmatica, callaba y sólo movía
ligeramente la mano para indicar que continuáramos con asuntos más importantes, su clase. No mucho después,
durante mis estudios de licenciatura, habría de oír de boca de mi segundo profesor de latín, el Mtro. José A. Poncelis —
compañero de D. Alfonso Torres en sus años en el Seminario Conciliar— que
ellos dos solían platicar,
efectivamente, en latín.

Por su parte, todos los profesores de la preparatoria que habían sido en algún momento sus
alumnos siempre se
expresaban en los términos más elogiosos y encomiables de su maestro de etimologías Torres Lemus. Aunque yo no
tuve la oportunidad de tomar dicha clase, su curso de latín estaba puntuado con etimologías, las cuales consideraba
que eran de mucho mayor utilidad que el latín. En esos pequeños excursos no quedaba el menor asomo de duda sobre
su vastísimo conocimiento sobre el origen de las palabras de nuestro idioma.

Sus clases, por supuesto, eran una fuente de conocimientos no sólo del latín, sino de reflexiones más profundas sobre
asuntos tan diversos cuanto complicados. Quienes asistimos a sus clases difícilmente podremos olvidar los aforismos
que ofrecía sobre los temas más variopintos. Frases como “El tiempo no existe, pues es idea, no realidad”, “Un hombre
inteligente nunca debe discutir”, “El verdadero estudio es deseo de saber, no por obligación” denotan la capacidad de
análisis y del anhelo de saber el porqué de cada cosa que tenía nuestro querido profesor.

Mis años tampoco son suficientes para recordarlo en el programa Sopa de Letras. Sin embargo,
sí lo son para
remembrar su perenne buena disposición para responder las preguntas —sobre lengua u otras áreas de conocimiento—
que le presentábamos al término de sus clases. Era tal vez la única clase en la que el timbre que indicaba la salida al
descanso era despreciado por nosotros, en particular cuando don Alfonso estaba exponiendo alguna de sus reflexiones.
Él, invariablemente, al oír el timbre, callaba, sin importar si concluía con lo que estaba diciendo y dejándonos, desde
luego, con la duda y la curiosidad de lo que estaba expresando.
Su producción escrita —si bien breve— deja testimonio no sólo de su profundo conocimiento filológico, sino también
de su claridad y orden en la exposición, de la simpleza y exactitud de sus definiciones y, faltaría más, de sus reflexiones
lingüísticas. Aunque escribió sus dos textos, Lengua y literatura española para el cuarto año de bachillerato (1977) y
Etimologías grecolatinas para el quinto año de bachillerato (1978), en plena época de los estudios formales de la lengua
(estructuralismo en Europa y gramática generativa en Estados Unidos) y de un exacerbado impulso de protección del
español en México (que culminaría con la creación de la Comisión para la defensa del idioma español en esos años), el
profesor Torres Lemus mostraba ideas mucho más progresistas en su acercamiento al estudio de la lengua.

Para muestra de lo anterior, basten dos botones. En su libro de Etimologías grecolatinas, por ejemplo, explica el
significado de las preposiciones griegas y latinas no sólo con su traducción, sino mediante representaciones gráficas,
diez años antes de que este modo de dar cuenta del significado de las expresiones se popularizara en la llamada
gramática cognitiva. Por lo que concierne a su postura sobre los llamados barbarismos, podemos leer en su Lengua y
literatura española: “En toda lengua viva hay una ley absoluta: EL USO ES LEY. Los gramáticos o los académicos podrán
condenar el uso de los barbarismos; pero si aquella palabra, aunque defectuosa, se generaliza y perdura, llega tarde o
temprano a ser aceptada como buena”.
Sin duda, otras plumas podrán dar cuenta de otras facetas de nuestro profesor Torres Lemus. De ese hombre que nos
enseñó que la sabiduría no se mide por el número de grados académicos antepuestos al nombre propio, sino por la
entrega y la dedicación al estudio, así como por la generosidad y humildad con que se brindan los conocimientos que
se poseen.

Non omnis moriar, escribió el poeta latino Horacio como conclusión de sus Odas. Esta frase, no moriré del todo, cobra
nueva sentido ante la partida eterna de nuestro profesor. En efecto, él seguirá vivo en nuestra memoria como un
ejemplo de docencia y de vida.


Descanse en paz, mi maestro e ilustre profesor, José Alfonso Torres Lemus.










Términos y Condiciones de Uso | Aviso de Privacidad |Universidad La Salle, A.C. Benjamín Franklin 47, Col. Hipódromo Condesa, C.P. 06140, México, D.F. Tel. 5278-9500
ULSA Radio
Twitter
Facebook
youTube